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HABÍAMOS AMADO TANTO A LAURA ANTONELLI (SPA)

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Por Rogelio Llanos Q.

Creo que aún no cumplía los veinte años cuando conocí, gracias al cine, a una hermosa mujer. Un encanto de mujer. Mi mundo interior fue diferente a partir de allí. La conocí en la plenitud de su belleza y fue un flechazo a primera vista. Conocí luego a muchas mujeres, me enamoré de ellas – lo que dura el sueño cinematográfico- pero seguí amando con pasión a aquella joven que me había encantado, que me había hechizado.

Decidí seguir sus pasos. Atento a cada uno de aquellos momentos en los cuales tuvo el deseo de ser generosa acudí puntualmente a cada cita que ella convocó. Y una y otra vez, caí rendido a sus pies. No me importó que ella se entregara a otros, me fue indiferente que el entorno en el que ella a veces se movía oscilara entre el disparate y la puerilidad. Ella lo llenaba todo con su presencia, con su risa a flor de labios, la brillantez de sus ojos, y su mirada…. su mirada…, era un ángel y a la vez el demonio, era la joven inocente y también la puta irresistible.

Cuando me enteré que Laura Antonelli – así se llamaba esta fascinante actriz- partió hacia el mundo de los recuerdos, mi corazón se llenó de tristeza. Y por eso escribo esta nota, para darle curso a esa pena, para expresarle una vez más mi cariño, y, de alguna manera, contar lo que ella significó para el joven cinéfilo allá por los años setenta.

Han pasado tantos años que ya no recuerdo si vi primero El Mirlo Macho (Pasquale Festa Campanile, 1971) o Malicia (Salvatore Samperi, 1973). Lo menciono porque la primera representó el primer gran éxito de su carrera. Era la época en que Lando Buzzanca arrasaba con la taquilla representando, una y otra vez al arquetipo del macho italiano, el Homo Eroticus por excelencia. No fue allí, sin embargo, donde yo caí prendado de los encantos de Laura Antonelli.

¿Qué tenía de especial Malicia que nos llevó a ese estado de ensueño en el cual sólo teníamos ojos para una mujer que, de pronto, se apoderó de todo nuestro imaginario y nos encandiló cual Circe en una nueva Odisea?

El film, en realidad, carecía de valor: una historia simplona, unos diálogos totalmente tontos, un montaje muy torpe. Sin embargo, la presencia de ella y una fotografía que realzaba la belleza de la diva nos hacía olvidar todo lo demás. Y, ¿qué hacía la joven actriz para encantarnos? Pues, fijaba en los personajes que la rodeaban su mirada candorosa que, a la vez, insinuaba las llamas del deseo que ardían en su interior. Su voz cantarina expresaba un estado de pureza –así lo parecía- alejado de la torva o lasciva conducta de sus interlocutores. Y, sin embargo, ese mismo rostro, delicado y exquisito era, al mismo tiempo, una suerte de convocatoria urgente al desenfreno de la carne tanto para el viejo lujurioso como para el adolescente arrebatado.

Imposible permanecer indiferente ante esa falda holgada que se levantaba juguetona mientras la joven Laura se encontraba en lo alto de la escalera y luego se inclinaba para cumplir con su labor de limpieza. Bien valía la pena hacer como que se leía el periódico o se practicaban ejercicios al pie de la escalera, si con ello se podían atisbar los sensuales muslos y la blancura de unas bragas que encerraban los tesoros femeninos anhelados.

Y cuán grandísima era la tentación de tocar aquellas piernas maravillosas si Laura era la comensal vecina a la hora de la cena. Tocarla por debajo de la mesa era el sueño hecho realidad para el adolescente de la pantalla que, de pronto era yo, experimentando el placer de su piel tersa y amable, tal como nos la mostraba generosamente la cámara fisgona del gran Vittorio Storaro que, para entonces, ya había filmado a la Schneider en sus escabrosas aventuras amorosas con un Marlon Brando desatado en El último Tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972).

Sí, Storaro ya tenía sobrada experiencia en el arte de mostrar los tesoros de la feminidad. Y, por ello, cuando la mano de Nino, que era nuestra mano, pasó del muslo a las diminutas bragas de la inolvidable Laura para, audaz y libidinoso, apropiarse de ellas, Storaro, no dudó en posar sus ojos, curiosos e insistentes, y que también fueron los míos, en el descenso lento y provocador de la diminuta prenda por las torneadas piernas de una Laura que, una vez más, nos encendía el deseo, mientras ella dedicaba a su entorno la más virginal de sus miradas.

Cuánto tiempo ha transcurrido desde que nos solazamos con aquellas imágenes que luego recreamos con nuestra imaginación una y otra vez, gozando con esa posesión virtual que, en lugar de saciarnos, nos impelía a ver y vivir más aquella aventura cinematográfica. De pronto, recordamos que el joven adolescente de la cinta, hacía lo mismo que nosotros en nuestro mundo imaginario: tras su ingreso subrepticio a la habitación de la joven Laura, el muchacho se acercaba a la cama y pasaba sobre ella, lenta y delicadamente su mano, simulando acariciarla con timidez y devoción. Luego, iba hacia el tocador para mirar y admirar aquellos objetos que en algún momento del día entraban en contacto con el rostro o la piel de la mujer deseada. Abrir el cajón, mirar la ropa, tocarla y luego llevarla a su rostro para oler aquello que acariciaba cada día el cuerpo amado, era la experiencia suprema para el fetichista irredento, para el voyeurista insaciable, para el amante en ciernes.

El joven protagonista, como el ansioso espectador, era feliz con estos hallazgos, pero sufría intensamente porque estas experiencias clandestinas sólo lo llevaban al conocimiento parcial, indirecto, sesgado de un cuerpo que se anhelaba más intensamente con la imaginación espoleada por la visión a la distancia de aquellas maravillas que aparecían ante sus ojos oscilando entre la abierta coquetería y el calculado pudor.

Malicia, aún en su torpeza, es un film que sabe guiarnos por los meandros del deseo, pero tras ese viaje ardoroso –más por el interés en ver lo que Laura hace y muestra, que por el manejo de los recursos cinematográficos a cargo de un limitado Samperi – nos brinda un final a la altura de su medianía: el cuerpo desnudo de Laura visto entre reflejos y movimientos nerviosos de cámara, sus agitadas manifestaciones amorosas entrevistas entre copos de lana que cubren los cuerpos en pleno combate amoroso, los gritos y susurros de la excitada Laura que clama afanosa ser poseída.

Y luego, tras ese clímax artificial, la desilusión, la frustración porque todo acabó, porque la visión fue efímera, porque queríamos ver su rostro transformado por el amor, porque anhelábamos continuar viendo sus senos turgentes, porque nos moríamos por descubrir su frondoso y oscuro bosquecillo. Pero, sobre todo, porque la visión de sus piernas y de su cuerpo entero nos revelaba su inmensa carnalidad y nos abría el horizonte del conocimiento de aquellos placeres que un cuerpo femenino era capaz de entregarnos.

Nunca dejamos de ir a cada una de las citas de Laura Antonelli. Una de ellas se llevó a cabo a fines del siglo XIX y se tituló, de manera sugestiva, ¡Dios Mío, Qué Pecado! (Luigi Comencini, 1974) y de ella, lo que más recuerdo con placer es aquella escena en que Michele Placido, catapultado por el deseo, usa una pequeña cuchilla para romper con la desesperación del deseo todas las ataduras de la falda, blusa, corsé y portaligas de la bella Laura. Y así, poco a poco, su maravillosa piel va quedando al desnudo, mientras el corazón se agita con violencia y el deseo se apodera del espectador.

En otra ocasión, Giuseppe Patroni Griffith le quitó torpemente todo el vestido y ella, inmóvil y distante semejó una fría Maja desnuda (en Divina Criatura, 1975). Luchino Visconti vio en ella a la heroína d’annunziana y como a toda actriz o actor que llamaba a su entorno, la impregnó en El Inocente (1976) de sensibilidad y le descubrió la posibilidad de aunar a su belleza física su talento frente a una cámara cinematográfica que nunca dejó de amarla, de adorarla.

Los años no pasan en vano. Las canas y arrugas, aquellas de las que Clint Eastwood está orgulloso porque son la fiel expresión de una gran experiencia vital, se convirtieron, desde su fatal aparición sobre el rostro de la diva en sus mortales enemigas. Acudió presta al cirujano para que las extirpara, les declaró la guerra sin cuartel levantando como bandera la imagen de ese rostro dulce y provocador a la vez. Y así con las incipientes arrugas extirpadas se atrevió a convocar a sus viejos fieles a una nueva cita cinéfila, Malicia 2000 (Salvatore Samperi, 1991), pero su combate contra el paso del tiempo dejó huellas imborrables en lo que fue el bello rostro de antaño y fue entonces, quizás, cuando buscó desesperadamente el refugio y la ilusión de la gloria en aquel polvo cuya blancura encerraba el infierno de la cárcel y de la exclusión.

Llegados los ochenta la bella Laura se fue adentrando en las brumas de mis recuerdos. El rock y otras mujeres entraron en mi vida y, voluble y vulnerable, les abrí el corazón. Sin embargo, nunca pude olvidar a esa Laura Antonelli de mirada misteriosa –quizás triste, quizás deseosa- con el pelo cayendo sobre los hombros y un medallón colgando por encima de sus pechos desnudos, voluminosos y desafiantes, como los retrató Storaro, como los mostró Comencini, como los amó Belmondo, como los dignificó el gran Visconti.

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desistfilm • 22 junio, 2015


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