CANNES 2016: LOACH, DI GIUSTO, SEREBRENNIKOV (SPA)

CANNES 2016: LOACH, DI GIUSTO, SEREBRENNIKOV (SPA)

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Por Mónica Delgado

Las dos películas que pude ver en estos días de la selección de Un Certain Regard no han sido precisamente obras especiales, sin embargo vale destacar algunos momentos interesantes dentro de sus irregularidades.

Los mejores momentos de Uchenik (The Student, Rusia, 2016), debut en Cannes del cineasta ruso Kirill Serebrennikov, tienen que ver con aquellos que muestran las contradicciones de un país sometido al fundamentalismo religioso desde la interioridad de una escuela secundaria, como si fuera un microcosmos de un país fracturado, utilizando la metáfora compleja a partir del retrato de un adolescente obsesionado con la lectura y cumplimiento de lo escrito en la Biblia.

Si bien el film se vuelve reiterativo al colocar textos de los versículos recitados por el personaje a cada momento, siendo abrumador, y pierde el norte al volverse maniqueo (mostrando al joven fundamentalista como un ente del mal absoluto), funcionan muy bien dos secuencias: la del estudiante alucinado cargando una cruz por las calles de Kaliningrado a ritmo de una canción oscura, y la inmersión en la piscina en medio de muchachas en bikini como si se tratara de un bautismo improvisado. Por lo demás, imaginamos el guión de Uchenik en manos de otro ruso: Andréi Zviáguintsev.

La Danseuse (The Dancer, Francia, 2016) de la directora francesa Stéphanie di Giusto es un biopic convencional sobre la vida de la bailarina estadounidense Loïe Fuller, que alcanzara la fama en Francia a inicios del siglo pasado. El problema con esta ópera prima está en su intención academicista – que incluso coloca una cita de Mallarmé al final, con la osadía de brindar algo más de afinidad “poética” con la sensibilidad de la época que describe- que luce contradictoria con las motivaciones fuera de lo tradicional del personaje protagónico. El famoso “Basado en una historia real” al inicio de cualquier film me genera desconfianza, sin embargo, la película de Di Giusto arranca como si fuera un western, breve promesa, y termina como un melodrama forzado, que incluye un romance con Isadora Duncan (encarnada por Lily-Rose Depp, hija de Johnny) y un incendio catártico. Lo mejor: las recreaciones de los espectáculos de Fuller y una danza coreográfica en medio de un bosque nebuloso.

No puedo evitar comentar sobre I, Daniel Blake, el reciente trabajo del prolífico Ken Loach, personaje demasiado familiar en Cannes, cuya presencia ya resulta inexplicable. Presentado en competencia oficial, I, Daniel Blake es el típico film de afán denunciante, pero narrado con sequedad de telefilme. La película arranca con algunos diálogos de cariz cómico en pantalla negra que auguran un destino distinto, sin embargo, mientras pasan los minutos y conocemos al jubilado y enfermo Blake sufriendo la indiferencia de la seguridad social a ritmo de Vivaldi, en la Inglaterra golpeada por la crisis europea, comprobamos que Loach se mantiene en la terquedad de un cine repetitivo, de fórmula, que busca machacar el vía crucis obrero como si ese fuera el gran acto heroico que da un valor per se al hecho de hacer cine.

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