PANORAMA: VIDEOFILIA DE ROTTERDAM VERSUS VIDEOFILIA DE LIMA (SPA)

Por Mónica Delgado

Cuando la peruana NN de Héctor Gálvez fue estrenada en el Festival de Cine de Lima duraba noventa minutos, para luego ser llevada nuevamente a la sala de edición, donde terminó con unos minutos más, pero que permitieron mejorar aún más la versión anterior, con escenas nuevas, recortando otras, pero manteniendo el sentido general del film (y este corte final fue el que se estrenó en el país). Menciono el caso de la película de Héctor Gálvez, porque hace poco se estrenó por vía comercial en Lima Videofilia (y otros síndromes virales) de Juan Daniel Molero, donde se incluyen casi diez minutos más de la versión ganadora del Tiger Award en Rotterdam, y que definitivamente desbordan la intención de la versión original, restándole puntos, y desvirtuando un poco la naturaleza del film.

Veamos. Es necesario hacer una comparación de eso que hay en el versión “extended” de Videofilia y aquello que no aparece en el film original. La versión Rotterdam, a pesar de sus cabos sueltos, como la línea argumental del fin del mundo, o la relación entre la protagonista y su padre que parece como impronta convencional al final, presenta un imaginario del ciberespacio pop, desde la irrupción del pixel y el glitch, desde el meme y el gif, para ahondar en la descripción visceral de una mentalidad (o mentalidades), sobre todo de jóvenes y sus pulsiones sexuales, que sucumben al gobierno de lo virtual. El eje de esta videofilia de Rotterdam está en esta relación distinta entre la tecnología o dispositivos del sexo y su engranaje en la sensibilidad juvenil o adolescente. En un momento del film, uno de los personajes menciona, para referirse a algo que lo excita del porno amateur o del sexcam, a las “tetitas por internet”, que no son los senos de carne y hueso, para enfatizar así un nuevo tipo de materialidad, como producto marketeable del sexo amateur, como el creepshot o upskirt. El sexo desde el filtro de su doble virtualidad: lo imaginado y lo que el internet desde su simulacro permite hacer realidad.

Hay una escena emblemática en Videofilia que tiene que ver con este aprendizaje sexual acorde a los nuevos tiempos, o la del sexo y su filtro en las miradas desde el ciberespacio (como la escena de Luz (Muki Sabogal) con su amiga trabajadora sexual y la lamida de pollo simulando una fellatio): Luz ve un tutorial en Youtube de cómo obtener placer sexual a través del clítoris y luego sigue una toma donde se le masturbándonse mientras se baña. Sin embargo, esta escena que evoca literalmente al placer, se torna en una secuencia sobre la culpa: el ataque pesadillesco de un Furby y la consecuencia hacia la represión en clave lisérgica. Los dos momentos de introspección de Luz, el primero, de un trip en la huaca, y el segundo pos masturbación, marcan esta conexión de lo pulsional, de vida y su dialéctica con lo tanático (comprensible o enfático con la secuencia de la muerte simbólica de Luz), y que el cineasta describe como una dispersión o ruina de la imagen desde el glitch.

Sin embargo, este foco de la versión Rotterdam se pierde por un hilo conductor que se agrega a partir del personaje de la hermana (encarnado por Tilsa Otta) en la versión Lima. Parece que han primado dos cosas para el desarrollo de esta versión extended: uno, agregarle un lado “político” más explícito y que conecta abiertamente con el contexto peruano y su relación con el influjo del ciberespacio, pero que queda en el aire por un asunto de indefinición: la mezcla de marchas antikeiko, el caso de los vladivideos, y la rebelión de Anonymous, como parte de una sensibilidad de izquierdas online o de anarquismo fashion 2.0, y la crítica a la televisión basura (con burlas a Esto es Guerra incluídas), que compite en discurso de atrapar «espectadores» frente al populismo hardcore y subliminal del ciberespacio. Y dos, la necesidad de darle más color local, con la inclusión de una escena de Luz asmática en una fiesta under en algún lugar de Lima (con guiño enfático e innecesario a Cronenberg incluido), que luce como bache dentro de la propuesta del film. Algo similar pasa cuando Luz y su hermanan ven películas en la sala de su casa: de Lima, Breaking the Silence de Menahem Golan (versión pulp y trash de la toma de la embajada por el MRTA) a La Chinoise de Jean-Luc Godard. Todos estos nuevos aportes terminan virando el foco “sexual y pulsional” hacia una crítica política que no termina de cuajar con todo lo que ya estaba condensado en la versión de Rotterdam. Versión Rotterdam > versión Lima.

Un par de asuntos extra cinematográficos: Este plus de la nueva Videofilia parece estar hecho para enganchar de otra manera al público que ya la vio en otros festivales de la capital el año pasado. No existe mercado en Perú para cintas como Videofilia,  así que ampliar el interés del este pequeño público pasa por expandir las escenas del ambiente indie limeño: reconocerse en el filme de un modo más elocuente.

Por otro lado, el tema de la distribución, que aún no acaba, y que me genera algunas interrogantes: Recibir un premio del Estado para la distribución en el país y estrenarla en una sola sala comercial, y también estrenarla en un centro cultural, pero también en el mismo espacio que tiene el Estado para la difusión como es la Sala Armando Robles Godoy. ¿Y el cobro de entrada? Entonces,  ¿en qué consiste este apoyo estatal si se va a cobrar ocho soles en una misma sala del Estado y cómo entra este nuevo sistema de taquilla dentro de las condiciones del premio que se entregó para subvencionar? ¿O se permite esta estrategia de difusión distinta para este tipo de propósito?

Cine PeruanoJuan Daniel MoleroVideofilia (Y Otros Sindromes Virales)

desistfilm • 31 agosto, 2016


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