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CINE PERUANO 2016: UN BALANCE

Por Mónica Delgado

Los elementos para medir la salud del cine peruano parecen inalterables en comparación a la situación del año pasado, y del anteaño: una veintena de estrenos comerciales, hitos taquilleros, miles de espectadores, fortalecimiento de productoras que plantean films de corte publicitario, gracias al aporte de la empresa privada y el product placement, y la afirmación de un tipo de cine comercial –sin identidad, en serie, de guiones flojos- con facilidad para llevar público a las salas. Ante ello, es importante hacer visible las problemáticas reincidentes, que demandan la urgencia de contar con una nueva ley de cine, desde un Estado que proteja y promueva, sobre todo a un cine joven, que precisamente no está pensado para circuitos convencionales de financiamiento, de producción, distribución y exhibición.

Cine peruano versus multicines

Una problemática ya arquetípica, es decir, que se ha vuelto ya casi un patrón a la fuerza, es el circuito de distribución y exhibición a la que se someten películas que dentro del imaginario de las exhibidoras se ven como “de autor”: aburridas, lentas, donde no pasa nada. El atropellado estreno de Solos de Joanna Lombardi en multicines es una consecuencia de la poca atención a un síntoma que hace años grita. Un problema definitivo es el contexto de informalidad en la que las películas son presentadas en los multicines, ya que al parecer no existe un cronograma a respetar ni una política vinculante que le permita al cineasta o productora hacer cumplir un pacto o contrato. Una película peruana de estreno puede durar en cartelera horas si al multicine le da la gana. Que una película dure semanas es casi un acto impredecible, si recordamos el caso de Magallanes, donde el boca a boca tuvo un rol importante. Ante la falta de un circuito, al cineasta y productora independiente le queda apostar de modo precario por este tipo de estrenos, sobre todo cuando se ganan concursos de distribución del Estado, que les exige cumplir con determinados plazos e indicadores.

Y aquí viene la necesidad de formular y ejecutar una política con estrategias de distribución y exhibición. Parece un sinsentido que el Estado realice un concurso para esta finalidad, pero donde no se garantizan los espacios ni las condiciones para gastar 70 o más de cien mil soles en este propósito. Una película postula, gana, recibe el dinero y tiene que gastarlo o en un multicine que la saca al día siguiente o crea un circuito alternativo que le permita acercar la película a un público específico. Y este circuito alternativo, que al final de cuentas es un producto Frankenstein, se organiza a partir de cronogramas y en funciones focalizadas como pasó con Videofilia y otros síndromes virales o Rodar contra todo.

Y ojo que esta es una problemática de Lima, ya que el cine hecho fuera de la capital está excluido de cualquier acceso a este circuito comercial vapuleado.

El estreno “compartimentalizado”

Este modo de exhibir películas de manera “compartimentalizada” reafirma la escasez de espacios para este “otro cine peruano”. Unos días en una sola sala de multicine en horarios muy malos (como pasó con Rodar contra todo que pusieron en funciones de mediodía), y otros, en la sala del Ministerio de Cultura o en un centro cultural, también por días y horas específicas. Así se arma una suerte de grilla nefasta, no por la intención sino por la necesidad de apelar a esa modalidad, porque no hay de otra, y que se está volviendo parte del panorama usual de exhibición, que ya se ve normalizado, y que es una práctica que más que celebrar debe avergonzar, porque demuestra que a pesar del crecimiento económico no se ha apostado por generar más espacios tipo cinemateca o salas alternativas, como pasa en México, Colombia, Argentina o Chile. Una apuesta por un par de obras por impuestos con fines de difusión del cine tanto nacional como internacional podría ser una alternativa.

Necesitamos una demanda organizada urgente, sino nos vamos a seguir llenando de grillas y flyers con anuncios de “cómo y dónde ver mi peli”, debido a este problema enorme de falta de espacios de exhibición de cine peruano.

Y un detalle. Lograr el estreno comercial garantiza que la película entre a ser reconocida como tal, en caso opuesto permanecerá en el campo de lo invisible, si recordamos por ejemplo el catálogo del Ministerio de Cultura, que elabora la Dirección del Audiovisual, la Fonografía y los Nuevos Medios, que solo contabiliza el cine estrenado comercialmente y deja fuera películas, tanto de Lima como de regiones, que no han tenido como posibilidad ese objetivo o que simplemente su modo de producción no está pensado para un estreno de esa naturaleza. Aquí se puede mencionar el caso de una película como Algo se debe romper, una de las precandidatas peruanas a los premio Fénix, que no tuvo estreno comercial aún, pero que ha recorrido festivales y tiene otro tipo de visibilidad que no estará en ningún catálogo oficial.

¿Cómo ayudaría una nueva ley de cine a mejorar esta situación?

No solo es dejar en claro en la nueva ley la apuesta por generar un nuevo fondo para la promoción del cine peruano por parte del Estado, sino crear una forma de transacción para hacer cumplir una cuota de pantalla, que no apele a una obligación sino a un compromiso real de aporte a la generación de una industria de cine. El viejo estribillo de que nadie quiere dejar de ganar dinero para apostar por películas que no llevan gente a las salas sigue vigente. Y la situación no va a cambiar, pero precisamente las leyes deben diseñarse para garantizar igualdad de condiciones para la distribución y exhibición que no existe, porque el cine es industria pero también es expresión creativa, es talento, es identidad. Hace algunos años, tras el éxito de Asu Mare, muchos opinólogos descartaron la necesidad de una ley ya que el cine comercial de Tondero, por ejemplo, se sostenía y crecía sin un sol del Estado. Pero esta premisa no deja de ser una falacia, si recordamos que Magallanes, un film que coproduce Tondero, requirió de fondos públicos. Y no es secreto que productoras grandes estén en coordinaciones con sectores del Estado, ya sea de Producción o Comercio Exterior, para dialogar temas de impuestos, importación de equipos, o apoyos de promoción tipo Marca Perú.

El proyecto de ley de cine debe contemplar nuevos incentivos tributarios para las grandes empresas de exhibición y así lograr resolver este problema de maltrato para las películas “pequeñas”, defendiendo la conformación y crecimiento de circuitos alternativos también, con estrategias de formación de públicos, donde es inevitable partir de cero.

Otro punto urgente en esta agenda: un diálogo abierto para una nueva ley de cine. Dos o tres gremios no son la totalidad -o al menos no cumple la cuota de representatividad- de la comunidad cinematográfica del país, que requiere una ley como esta, que debe tener una mirada a corto, mediano y largo plazo.

Necesidad de legitimación

Otro tema que puede ser un rasgo de este 2016 es la necesidad de algunas productoras por capitalizar los “recursos humanos” de ese “otro cine peruano”. Ver a los hermanos Vega (como guionistas) en Guerrero haciendo malabares para extender un guión que parece pensado para un cortometraje  y hacerlo a punta de ralentis y canciones nostálgicas resulta evidencia de un acto forzado. Algo de eso se prevé en Avenida Larco, la película, a estrenar en 2017, donde Javier Fuentes- León, el director de El Elefante Desaparecido, parece que vivirá el mismo calvario como guionista. Y lo mismo pasa con editores, sonidistas, fotógrafos (como convocar al talentoso Inti Briones para Guerrero también), o los mismos directores (Daniel Rodríguez Risco en Siete Semillas también) y que son convocados de acuerdo a las necesidades del momento en films impersonales. Y con este quiero plantear otro tipo de problemática, la escasez de profesionales de “planta”. La apuesta por una industria también parte por promover la capacitación, por la formación de nuevos profesionales, pero asoma el espíritu de la tercerización, al menos me queda esa sensación. Y esto también se debe a una necesidad grande de los cineastas, que para poder avanzar con sus proyectos recurren a aceptar este tipo de trabajos, que en el fondo no les ayuda a definir un perfil dentro de su carrera. Los costos de mantener a ese “otro cine peruano”.

Lo peor

Aquí lo peor del cine peruano del año podría tener el nombre de un par de películas. Sin embargo, me parece más útil mencionar algunos motivos que han seguido afianzándose: el cine aleccionador o de manual de autoayuda. Y no lo menciono solo por Siete Semillas, Guerrero o Calichín, comedias o tragicomedias muy flojas, pero que apelan a un mismo sentido común de crear una atmósfera coelhizada, donde hay un héroe redimido (todos hombres por cierto) a punta de frases hechas, moralizantes y manidas. Y otra fórmula que ya provoca repelencia es la necesidad de lo nostálgico, agregado como sea, sino recordar las escenas gratuitas en Guerrero hechas solo para ser soporte de algún tema que agradará al espíritu noventero del espectador.

El desparpajo de la publicidad vendida como cine. En Perú se subvirtió cualquier teoría cinematográfica sobre el cine y esta ha sido bastardeada por las premisas publicitarias, donde prima la visión de que el espectador es solo un consumidor, que paga su entrada, deglute y se van sin nada.

Otra cosa a mencionar, el uso recurrente del drone. Desde los planos ostentosos a lo Terrence Malick en El Último Verano de Sebastián García hasta la sublimación de los paisajes andinos de Calichín. El drone como centro de una voluntad espiritual que todo lo ve y controla.

Y definitivamente una situación no grata de este 2016 es que aún no tengamos una nueva ley de cine. Un año más que se pasó sin ley. La ventaja es que existe voluntad política con el nuevo gobierno y el diálogo se ha reiniciado entre el Estado y los gremios, pero urge una estrategia de incidencia para su negociación y aprobación con el Ministerio de Economía y Finanzas.

Sobre la crítica

Un proble ma recurrente ha sido esa necesidad de enarbolar causas antes que películas. Es decir, pregonar el valor de un film por sus temas o aportes “al alma” de un país y sus habitantes. Las denominaciones de cine “importante”, “urgente”, “necesario” poblaron de modo arbitrario notas y críticas. Por ejemplo, se habló de La última noticia como un film necesario por tratar la incursión de Sendero Luminoso en Ayacucho y de cómo sus personajes libraban batalla contra el terror, también proveniente de las FFAA. El tema la hacía per se una película valiosa.

Lo mejor
La persistencia de Eduardo Quispe con 6.
El final pesimista de Solos de Joanna Lombardi.
El estreno comercial de Videofilia (y otros síndromes virales) de Juan Daniel Molero.
El estreno de Masabu de Carlos Benvenuto en Transcinema.
El cine de slackers de WIK de Rodrigo Moreno del Valle.
El recorrido de festivales de Rosa Chumbe de Jonathan Relayze.

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desistfilm • 23 diciembre, 2016


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Comments

  1. Miguel 23 diciembre, 2016 - 14:43 Reply

    Crítica necesaria , urgente e importante…

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