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VIZCARRA, EL PRESIDENTE QUE QUERÍA SER CINÉFILO

Por Mónica Delgado

Por primera vez en la historia, un presidente de la República inaugura un festival de cine en Perú. Y lo hace en un evento que casi no tiene apoyo estatal, porque como la feria del libro que se realiza también en la centralista Lima, pertenece a una empresa de naturaleza privada (una universidad de pago) y que ha convertido a un tipo de cine en foco de dinamización cultural, al margen de políticas articuladas del estado.

Por un lado, la presencia del presidente Martín Vizcarra puede ser vista como una oportunidad para hablar precisamente de la importancia del estado en acciones culturales y sus políticas actuales para ello, y por otro, la urgencia de comprometerse a materializar proyectos pendientes en favor del cine peruano. Si embargo, haciendo honor al Perú como la tierra de las oportunidades perdidas, no pasó ni lo uno  ni lo otro. Más bien, el mandatario relacionó la crisis moral del país (los casos de corrupción de jueces del Consejo Nacional de la Magistratura) con una limitada producción en el campo de las artes y la cultura; y aprovechó el espacio para venderse como cinéfilo, cuando quizás sea un espectador promedio que va al cine como recreación o entretenimiento.

Sabemos que Vizcarra cobró visibilidad siendo gobernador de Moquegua debido a los resultados educativos durante su gestión, logrando ubicar a esa región por encima del promedio nacional en aprendizajes en comprensión lectora y matemática. Bandera poderosa que le genera un capital político innegable, es más, recién lleva un poco más de 120 días al mando del gobierno, y muchos han podido percibir su afán de cambio. En este discurso de inauguración festivalera, hizo promesas alentadoras, sin decir cuáles, por mejorar las condiciones para hacer cine y arte en el país. Sin embargo, son pocos o nulos los resultados en cultura y arte en su región durante su gestión, como lo demuestra su plan de desarrollo concertado, elaborado en 2013, donde la palabra cultura en relación al arte no se menciona ni una sola vez.

Vizcarra habló anoche sobre la urgencia del cine para confrontar la crisis moral del país, señalando su importancia frente a la carencia de valores. “El aspecto espiritual requiere estar en contacto con manifestaciones artísticas y (…) ante la ausencia del respaldo como estado (…) a estos esfuerzos, quizás es una de las justificaciones de la situación en la que nos encontramos y que estoy seguro puede ser reversible. En consecuencia, si ¿sirve para algo el arte y la cultura? Estoy seguro que sí, porque podemos encontrar la respuesta en el sentido inverso de que la ausencia de arte y cultura nos lleva a una situación de deterioro emocional y que nos lleva a una perdida de valores”. Por un lado, podemos pensar que para la lógica de Vizcarra, tener más apoyo al cine produciría menos corrupción. ¿Será por eso que no aprueban aún la ley de cine y no aumentan el fondo? ¿Por esa razón hemos estado años expuestos a la fragilidad de las majors y blockbusters? ¿Por que no hay arte hay más corruptos? Y por otro lado, las frases de Vizcarra subliman un rol del cine (como formador de valores y de mejores ciudadanos) y como resultado de una sociedad mejor (aquella que apoya a su arte). El apoyo al cine, como lo ha demostrado la historia, como arte y como expresión cultural, no es garantía de una sociedad con “buenos valores”, sino revisemos las fantasías nazis o demás mecanismos de los totalitarismos. Quizás se fue de boca en su rol protocolar de inaugurar un festival de cine, mostrando una mirada quizás vigente hace cien años (el cine como modelador social). Igual no es condenable su actitud bienhechora para formular compromisos para la promoción del cine y las artes (nunca el cine fue mencionado solitariamente), sino que no hizo mención a los problemas de censura del fujimorismo, a la falta de apoyo en general al cine peruano o a la urgencia de una nueva ley.

En esta ceremonia también habló la ministra de  Cultura, Patricia Balbuena, quien sostuvo que su sector cuenta con un fondo de 20 millones de soles destinados al cine durante este año. Tenemos que recordar que ese monto tiene que ser manejado aún bajo una ley vieja que más bien se vuelve un corsé, y que solo permite ampliar los concursos ya existentes (o crear otros para libros, obras de teatro, y artes visuales, y que no tienen relación directa con el cine). Sin nueva ley de cine, esos 20 millones solo se irán en premios: flor de un año.

Balbuena señaló también que “muy pronto el país contará con la Ley de la Cinematografía que permita hacer de la producción audiovisual un motor de desarrollo y de proyección internacional de nuestra cultura”. Pero sabemos que la discusión y aprobación del proyecto de ley ha sido detenido por el fujimorismo, ya que debe tratarse en el Congreso, y esto ya no está en manos del ejecutivo. ¿Qué distinta hubiera sido esta ceremonia si se mencionaba este pedido expreso para cambiar la situación del cine peruano a este congreso tan venido a menos?

Esperamos que Vizcarra, en futuras oportunidades que tendrá para hablar del arte y la cultura en el país, demande al congreso con la misma contundencia y vehemencia que tuvo en su discurso de 28 de julio, que apruebe la ley del cine del Ejecutivo, que fue trabajada con todos los gremios audiovisuales del país, con revisión de los ministerios, y materialice su compromisos con el cine peruano. Sino las palabras quedarán en el aire de una ceremonia llena de buenas intenciones y de “spondylus de oro”.

Foto: Andina.

desistfilm • 4 agosto, 2018


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