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FESTIVAL DE LIMA 2015: EL CLUB DE PABLO LARRAÍN (SPA)

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Por Mónica Delgado

Pablo Larraín propone una estética especial para El Club. Todo se ve bajo el influjo de lo nebuloso. Como si un vidrio delante de los ojos impidiera una captura de lo real más directa. Todos los ambientes, dentro de la casa o fuera de ella, lucen dentro de este halo onírico de falsa ensoñación, de tonalidades azuladas y grises. Incluso el modo en que se comienzan a registrar las acciones y los rostros rehúye la inamovilidad de los planos fijos, para ir acercándonos a partir de suaves travellings a los personajes en su humanidad frente al mar o reunidos para la tertulia amical en el hogar.

El Club es una arcadia de cuatro hombres y una mujer, seres excluidos de sus oficios sacerdotales o eclesiásticos debido a diversos delitos, entre ellos abuso de menores, complicidad en violaciones a derechos humanos o adopción ilegal de recién nacidos. El mal debe ser apartado, separado, de esa iglesia que sigue el curso de su normalidad. La iglesia, y su orden de fe, siguen fuera de campo, intactos, guardando las formas de su institucionalidad secular. Solo importa ahora este pedazo de pecado oculto. Separado el mal, en esta arcadia alejada, que se establece en un territorio de pesca artesanal y surfers, no hay espacio para la culpa, la enmienda o el arrepentimiento. El purgatorio se ha disfrazado de comodidades, crianza de un galgo y conversaciones tranquilas a media tarde.

Al inicio, Larraín transmite una mirada delicada hacia este universo cerrado de curas en exilio, y que poco a poco se irá enviciando a punta de contrapicados y planos cercanos, al ritmo de unas campanadas o músicas de corte sacro que se oyen demasiado enfáticas o redundantes, que revelan el lado opuesto, en tono sarcástico inclusive, a la mirada de Dios que todo lo ve. Pareciera que de pronto nos sometiéramos a la posición de aquel que mira frontalmente, que encara, como en aquellas escenas de recolección de testimonios a modo de juicio que inicia el padre jesuita, aquel que se ubica en el lado opuesto de los intereses de los padres pecadores. Si una suerte de Dios invertido podría evocarse desde estos planos en ligero contrapicado que buscan ensalzar la maldad de estos personajes ya perversos, también hay un amago de Dios en este plano frontal que busca extraer la piedra de la locura basada en discursos, frases, palabras.

Como si se tratara de una nueva biblia, la palabra, aquello que nombra y crea, es el detonante exacto en toda su dimensión discursiva, y es desde ella, desde una pensada estrategia de guión también, que Larraín construye armas y desnuda. ¿Pero a quién dota de este poder? La coprolalia proviene precisamente de un nuevo Cristo del siglo XXI, un paria vejado, pescador sin red, que aparece para sacar a luz los delitos de este club de ancianos, y que coloca esta nueva palabra de demiurgo de ascendencia cuasi medieval, pero para destruir esta arcadia libre de todo mal. Mientras este outsider llamado Sandokán irrumpe con su verbo ante la discreción, los curas irán armando una salida de salvación ante la posible pérdida de su paraíso, que en contraste a esa verborrea obscena, Larraín establecerá en un montaje paralelo algo inusual dentro de su filmografía, que hace plena toda una maquinaria de la acción y del gesto contundente.

Si por los siglos de los siglos la palabra era el vehículo de fe, en la actualidad la mecánica del miedo y la recreación de una falsa realidad a punta de muerte y bestialidad parece ser un mejor modus operandi. Una nueva evangelización. La iglesia sigue vigente y fuerte, afirma El Club, mientras se obliga al Cristo pobre y sodomizado a asumir un nuevo rol de convivencia pacífica con los monstruos.

Competencia oficial de ficción

Director: Pablo Larraín
Guión: Guillermo Calderón, Daniel Villalobos, Pablo Larraín
Fotografía: Sergio Armstrong
Reparto: Alejandro Goic, Alfredo Castro, Alejandro Sieveking, Jaime Vadell, Marcelo Alonso, Roberto Farías, José Soza, Antonia Zegers.
Año: 2015
País: Chile
Duración: 98 min

Cine chilenoCompetencia oficial de ficciónEl Clubfestival de cine de limaPablo LarraínSergio Armstrong

desistfilm • 11 agosto, 2015


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